Beerot Itzjak en Español Nr 4

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[1] «Yo soy Moshe Tverski»

Rav Arie Katz

El mundo entero está abatido por la reciente serie de atentados terroristas sangrientos en Francia. No es la primera vez que ciudadanos inocentes y desarmados se vuelven víctimas de fieras en forma humana. Las víctimas de los recientes ataques fueron periodistas de la revista satírica «Charlie Hebdo», así como —para nuestro gran pesar— visitantes de una tienda de productos kosher en París.

Está fuera de nuestro alcance comprender y descifrar  los caminos del Cielo. Sin embargo, incluso nuestro entendimiento limitado puede llegar a ciertas conclusiones a partir de lo ocurrido.

En todo el mundo hubo manifestaciones de solidaridad con las víctimas del ataque a la revista «Charlie Hebdo» (entre ellos había también judíos). En muchas ciudades europeas salieron millones de personas a la calle con el lema «Yo soy Charlie Hebdo». Sin desestimar la atrocidad e inhumanidad de quienes llevaron a cabo este asesinato, ni aminorar nuestro dolor por los muertos, es preciso señalar y entender con qué decidieron solidarizarse millones de personas.

La publicación «Charlie Hebdo» puede llamarse «humorística» solo estirando mucho el término. De hecho, su idea básica es la ausencia total de límites y normas morales. La vulgaridad, la falta de ética: esa es la «libertad de expresión» que caracteriza a «Charlie Hebdo». A la lista de sus caricaturas desgraciadamente famosas sobre temas religiosos (no hay que creer que se han burlado solamente del islam: todas las fes han tenido su turno) se añaden «composiciones» y «dibujos» sobre el Holocausto —otro «caballito de batalla» de la revista—, así como libertinaje descarado.

¿A qué se parece tal «libertad de expresión»? La permisividad y la falta de incluso la más mínima moralidad propagadas por «Charlie Hebdo» nos recuerdan las generaciones del Diluvio y de la Torre de Babel. «¡Todo se puede! ¡Ninguna restricción! ¡Tenemos el derecho a ridiculizar y calumniar todo lo que valoran, los fundamentos mismos de su moral!».

Repito, el autor de estas líneas de ninguna manera justifica la brutalidad acaecida. Pero es importante entender con qué se identifican los millones de manifestantes, qué tipo de «libertad» persiguen.

Por desgracia, en esta nueva masacre también hubo víctimas judías. Los cómplices de los terroristas, escondiéndose de la persecución, capturaron y mataron a rehenes en una tienda kosher en París … ¿Por qué razón fueron asesinadas estas personas? Seguramente no por vulgaridad ni por humor de bajo nivel.

Todos recordamos también el horrendo crimen cometido en la sinagoga de Har Nof. Las víctimas de aquella tragedia no dibujaban caricaturas ni escribían artículos provocativos. ¿Quiénes fueron rav Moshe Tversky, rav Arie Kupinski, rav Avraham Shmuel Goldberg, rav Kalman Zeev Levin? Fueron judíos rectos, padres de familia, individuos entregados al Todopoderoso y a Su Torá. No hacían escándalos, no provocaban a nadie. Simplemente se reunieron en la sinagoga a rezar. Y nadie salió a la calle con pancartas: «Yo soy Moshe Tversky» o «Yo soy Kalman Levin». El luto de sus familias y comunidades rápidamente se ahogó en la torrente de noticias, y las palabras de los grandes Sabios de nuestra generación probablemente no hayan sido siquiera escuchadas fuera de la comunidad jaredí.

Sin embargo, vemos que el legado de las víctimas del ataque terrorista en la sinagoga es infinitamente más valioso que el de los autores de «Charlie Hebdo». Dejaron tras ellos una descendencia notable: hijos que, con ayuda del Cielo, irán por el camino del Todopoderoso, transmitirán la Torá a las siguientes generaciones y al hacerlo inmortalizarán el nombre de sus padres, como está escrito en la Torá.

 ¿Y qué ocurrirá con «Charlie Hebdo» y su turbio legado? Ello es fácil de predecir: basta con observar la historia de los últimos cien años, durante los cuales una gran cantidad de ideas se han sucedido las unas a las otras, tomando turnos para dominar las mentes de las personas. La idea de librar a la sociedad de la moralidad «obsoleta» no es nueva; varios pueblos han tratado de ponerla en práctica. Todos recordamos cuál fue el fin del «nuevo orden» en Alemania y de la revolución comunista en Rusia. También llama la atención la similitud de esos dos sistemas en relación con nuestro pueblo (cada uno entendía a su manera la «solución final del problema judío», pero ambos perseguían el mismo objetivo: destruir a los judíos). ¿Qué pasó al final con ambos sistemas?  También ello es bien sabido.

Llegamos a la triste conclusión de que nuestro pueblo, y en especial nuestros hermanos en la diáspora, se enfrentan a la pregunta ardiente: «¿De lado de quién estamos?» Por un lado, el terrorismo está claramente dirigido de manera especial hacia los judíos. ¿Pero, por otro lado, es bueno solidarizarse con la «libertad» propagada por «Charlie Hebdo»? ¿Tal «libertad» puede salvarnos, puede ayudarnos en la vida?

«Yo soy Moshe Tversky»,  «Yo soy Arie Kupinski», «Yo soy Kalman Levin»,  «Yo soy Abraham Goldberg»… No, no son estos lemas para manifestaciones. No se necesitan carteles ni discursos retóricos. Basta con que cada uno de nosotros siga en su vida el ejemplo de personas que vencen a sus enemigos con la fuerza de su fe inquebrantable y de su devoción al Todopoderoso y a Su Torá. Ese ha sido el camino de nuestro pueblo durante siglos… ¡y gracias a ello no solamente sobrevivimos, sino también vencimos a todos nuestros enemigos! Así fue, y así será siempre, porque esa es la voluntad del Eterno y Su promesa, como está escrito (Vaikrá 26: 3-9): «Si andan en Mis decretos y preservan Mis mandamientos y los llevan a cabo… haré cesar el animal salvaje de la tierra y la espada no pasará por su tierra. Perseguirán a sus enemigos, y ellos caerán ante ustedes por la espada. Cinco de ustedes perseguirán a cien, y cien de ustedes perseguirán a diez mil, y sus enemigos caerán ante ustedes».

[2] Permanecer Judío: La Vida de Rav Itzjak Zilber

Agradecemos a rav Ben Tzion Zilber por permitirnos publicar la traducción al español del libro «Permanecer judío», las memorias de su padre rav Itzjak Zilber de bendita memoria. En esta conmovedora autobiografía, rav Itzjak Zilber, el legendario líder de los judíos de Rusia en Israel, cuenta la historia de su vida, entretejida con la historia de los judíos de Rusia detrás de la Cortina de Hierro, y narra las pruebas formidables a las que él y su familia se enfrentaron para permanecer judíos observantes de la Torá. Este libro ha sido un bestseller en ruso, hebreo, inglés y francés. ¡Ahora también en español, esta historia continuará inspirando a miles, mostrando el verdadero significado de Permanecer Judío!

[2-1] Me vuelvo bar mitzvá

¿Qué es «bar mitzva»? Se le llama así a un niño que ya cumplió trece años de edad; también al día en que un niño cumple trece años se le llama bar mitzva. Para un niño judío, su decimotercero cumpleaños marca un momento especial. A partir de los trece años está obligado a cumplir los preceptos y es plenamente responsable por sus actos. A partir de esta edad se integra a un minian como adulto. (El significado literal de la palabra «minian» es ‘cuenta’, y se designa por este nombre a un grupo de diez varones adultos. Muchos actos en el judaísmo, incluida la lectura de la parasha semanal de un pergamino de la Torá, se permiten solamente en presencia de un minian. Dice una mishna de Pirke Avot [3:7]: «Asarah she-yoshvim v’oskim ba-Torah, Shejina sheruyah beineihem» que quiere decir ‘cuando diez [hombres adultos] se sientan juntos a estudiar Torá, la Presencia Divina está con ellos’).

En la celebración de mi bar mitzva se reunieron cuarenta judíos… muchos para las circunstancias de aquellos tiempos. Preparé una drasha, un discurso sobre un tema religioso que se acostumbra que el niño bar mitzva pronuncie frente a los invitados. Recuerdo mi drasha hasta hoy.

Todo fue hecho muy discretamente. La gente tenía miedo del gobierno. (Después de la mía, no hubo más celebraciones de bar mitzva en Kazán). El gobierno, sin embargo, estaba siempre en guardia y nuestro castigo por haber celebrado mi bar mitzva no tardó en llegar.

Nací el 3 de av. (El mes de av normalmente coincide con el mes de agosto del calendario gregoriano).

El nueve de av es un día de ayuno y la fecha más trágica de nuestro calendario. En ese día los judíos, estando en el desierto, pecaron; por eso Hashem decretó que ninguno de los hombres adultos que salieron de Egipto (con dos excepciones) entraría a la Tierra de Israel. La entrada del pueblo judío a la Tierra de Israel se pospuso cuarenta años. En generaciones posteriores a lo largo de nuestra historia, en diferentes ocasiones cuando los judíos debieron ser castigados, fueron castigados justamente en esta fecha: el nueve de av los babilonios destruyeron el primer Templo; cuatrocientos noventa años después, en esta misma fecha los romanos destruyeron el segundo Templo; y durante la Segunda Guerra Mundial los judíos de Polonia comenzaron a ser concentrados en guetos también el nueve de av. Por todo lo anterior, muchos judíos acostumbran no hacer festejos entre el primero y noveno de av, y nosotros tampoco quisimos festejar mi bar mitzva en esas fechas. Por eso celebramos mi bar mitzva el dieciséis de av, el primer Shabat después del ayuno.

Algunos días después de la celebración de mi bar mitzva, el gobierno expropió al dueño de la casa en la que vivíamos «espacio de vivienda sobrante». El espacio expropiado fue, por supuesto, nuestro departamento.

Una vez más estábamos en la calle. Se aproximaba el otoño y no teníamos vivienda. Mi madre dormía en la casa de una viuda no-judía, a mí me dieron albergue unos conocidos judíos, y también a mi padre alguien lo tomó. Yo ni siquiera sabía siempre dónde dormían mis padres.

Todas nuestras pertenencias, incluidos nuestros libros, quedaron al descubierto en el patio del que había sido nuestro departamento: ahí fueron arrojadas cuando nos desalojaron. Empezó a llover y yo me preocupé mucho, pues mi padre tenía manuscritos históricos y libros muy valiosos. Me acerqué a una señora mayor no-judía de una de las casas vecinas. No la conocía, simplemente la vi en la calle y decidí preguntarle:

—¿Puedo dejar unos libros en su casa uno o dos meses?

Ella accedió.

Pasaron Rosh HaShaná, Yom Kipur y Sucot… y finalmente encontramos un departamento. Fui a casa de aquella señora a pedirle los libros.

—¡Ay! —me dijo—. Lo siento, pero hacía mucho frío y los eché al horno para calentar la casa. —Había quemado todos los libros.

La situación dentro de la comunidad judía era terrible: la gente religiosa no sabía quiénes entre ellos eran delatores. Y entre los delatores había personas de quienes uno jamás hubiera esperado que pudieran serlo. Una vez se congregó un minian para el rezo y sacaron el pergamino de la Torá, pero nadie se atrevía a acercarse y leer (el pergamino de la Torá es leído en voz alta por uno de los miembros del minian, a quien se llama baal kore). Dos de los presentes sabían leer la Torá (se requiere para ello de habilidad especial, ya que el pergamino está escrito sin vocales), pero tenían miedo de que los reportaran. Me dolía el corazón de ver que nadie se atrevía a acercarse al sefer Torá. Yo ya había cumplido trece años así es que me acerqué. Fue así como leí la Torá para la comunidad por primera vez en mi vida.

[2-2] Trabajo

Empecé a trabajar a los catorce años. Por ley, a los adolescentes les correspondía una jornada laboral reducida, de seis horas en lugar de ocho. Encontré un lugar donde estuvieron de acuerdo en darme empleo sin que trabajara en Shabat. Para ello me comprometí a trabajar, en lugar de las ocho de la mañana a las dos de la tarde —como hubiera correspondido—, de las ocho de la mañana a las ocho de la noche: es decir doce horas al día, y sesenta horas a la semana en lugar de treinta y seis. Trataba de llegar a la sinagoga a las seis y media de la mañana: rezaba, estudiaba Guemara y me iba al trabajo. Mi trabajo consistía en arreglar estufas Primus, otras estufas de queroseno, gramófonos y bicicletas. Me apliqué a mi oficio y llegué a ser un trabajador excelente: ¡soy un técnico profesional de primera categoría, sin bromas!

Recuerdo un episodio curioso de aquella época. Una vez Rosh haShana cayó en jueves y viernes, y después era Shabat, por lo cual no fui a trabajar durante tres días consecutivos. Ese domingo (trabajábamos los domingos) estaba por salir al trabajo cuando mi madre me dijo:

—No vayas.

Me pareció muy extraño… normalmente mi madre me pedía que me apresurara.

—¿Por qué, mamá? —pregunté.

—Mi corazón me dice que no debes ir hoy —contestó.

—¡Falté ya tres días seguidos, y de por sí siempre me amenazan con despedirme!

Pero mi madre siguió en lo suyo, así es que me quedé en casa… y gracias a ello escapé de una gran tragedia, quizás incluso de la muerte.

Ese día hubo un incendio en el taller. Todo se quemó: la construcción, el equipo, las cosas que esperaban su turno para ser reparadas. En ese entonces yo tenía más miedo de mi jefe que del fuego: temía perder mi trabajo. Si mi jefe me hubiera ordenado entrar al taller en llamas a salvar su equipo, no me hubiera atrevido a desobedecerlo….

Trabajé en el taller tres años, de 1931 a 1934. En 1934, después del asesinato de Sergei Kirov¹ (Stalin mismo organizó su asesinato después de haberlo utilizado para realizar sus represiones) se volvió imposible conservar un empleo sin trabajar en Shabat. Las personas a mi alrededor comenzaron a mostrar un interés minucioso por mi vida. Me preguntaban quiénes eran mis padres y trataban de convencerme de que trabajara en Shabat. Me aseguraban que todo lo que me enseñaban en casa era equivocado, que alrededor bullía una nueva vida mientras que yo me aferraba al pasado, etc., etc. Los sermones continuaron durante cuatro semanas, durante las cuales seguí no yendo a trabajar en Shabat. El lunes siguiente fui despedido. Tenía diecisiete años.

Por aquel tiempo, en las ciudades grandes comenzó una campaña de revisión de documentos de identidad. A todos les tomaron sus pasaportes. También mis padres entregaron los suyos… y resultó que fueron «extraviados». Como se imaginarán, esto no hizo nuestra vida más fácil. Muchas personas fueron obligadas a irse de Kazán como resultado de las revisiones.

El período «post-Kirov» fue terrible. Todo el tiempo se escuchaban rumores de suicidios en las vías de ferrocarril. Temerosas de lo que les depararía el destino, muchas personas —en su desesperación— acabaron con su vida arrojándose ante trenes en marcha.

En toda la historia del pueblo judío, quizás no haya habido otro período en el que los judíos se hayan enfrentado a lo que se enfrentaron en Rusia soviética. Durante la época de los Macabeos los griegos dictaron «gezerot» (decretos que prohibían la circuncisión, la observancia de Shabat y las festividades judías, el cumplimiento de las leyes de kashrut, el estudio de la Torá… en pocas palabras, decretos que vedaban todas las leyes de la fe judía), pero después de tres años los judíos se sublevaron y vencieron. ¡En Rusia las persecuciones se prolongaron más de setenta años! En otros países donde los judíos fueron perseguidos, por lo menos existía la posibilidad de huir; pero en Rusia soviética no había escapatoria.

[2-3] Circuncisión bajo veto

Entre las «gezerot» del gobierno soviético figuraba la prohibición de circuncidar (hacer brit mila). En otros de mis libros describí cómo los judíos se las ingeniaban para contravenir esta prohibición. Repetiré algunos ejemplos.

Hoy en día pocos recuerdan el nombre de rav Mordejai Aharón Asnin. Fue un verdadero héroe que circuncidó a veinte mil niños judíos a lo largo de su vida.

En Minsk había muchos mohelim, pero cuando los soviéticos prohibieron la circuncisión todos se asustaron. Rav Asnin fue el único que continuó haciendo su trabajo valerosamente. A veces hacía hasta doce o trece circuncisiones en un día. A pesar de que gracias a D-os tenía una familia numerosa —ocho hijos y muchos nietos—, jamás tomó dinero por un brit; como pago tomaba solamente un pedazo de leikaj (pastel esponjoso de miel) y una vela. La vela la usaba para estudiar Torá a su luz y el leikaj se lo llevaba a sus nietos. El procurador Jodos, un miembro implacable de la Yevsectsia de Minsk, hizo que lo encarcelaran.

Rav Asnin fue arrestado en la víspera de Pésaj. Alguien logró avisar de su arresto en el extranjero. Las protestas subsecuentes de la sociedad judía internacional salvaron al rav: estuvo preso un período corto de tiempo, y después fue liberado. En cuanto salió de la cárcel, siguió con lo suyo. (Cuando estuve en los Estados Unidos conocí a dos judíos que estuvieron encarcelados junto con rav Asnin).

Por experiencia, rav Asnin sabía que cuando alguien acudía a él para pedirle que hiciera un brit debía hacerlo sin demora, para que el gobierno no tuviera oportunidad de interferir. Preguntaba en seguida:

—¿Dónde está el niño? Tráiganmelo rápido.

Cuando el rav enfermó gravemente (se acercaban los últimos días de su vida), llegó una mujer a pedirle que hiciera un brit. El rav contestó con su frase habitual:

—¡Tráiganme rápido al niño!

Los parientes del rav se opusieron:

—Estás enfermo. ¿Cómo puedes pararte ahora?

—No importa —contestó el rav, haciendo un ademán con la mano—. Mientras esté vivo debo circuncidar. El día en que muera dejaré de hacerlo.

Circuncidó al niño, y este resultó ser su último brit: al día siguiente rav Mordejai falleció. Su nieto, Leib Rosengauz, vive actualmente en Eretz Israel.

Como ven, muchos judíos trataban de cumplir la mitzva de brit mila a pesar de la prohibición. Para lograrlo debían ser muy ingeniosos.

Ocurrió en los años treinta en Bielorrusia que un judío, miembro del NKVD (Comisariado Popular de Asuntos Internos, una organización cruel que perseguía a los disidentes) tuvo un bebé varón. Su esposa quería hacerle brit a su hijo. ¿Qué hacer? El esposo encontró una solución:

—Tendré un viaje de trabajo. Espera a que me vaya para hacer el brit. Si alguien dice algo, diremos que yo no estaba enterado de nada.

Poco después salió de viaje por dos semanas. A su regreso abrió la puerta, acompañado por dos de sus colegas de trabajo, ¿y qué vio ante él? ¡Su hijo acababa de ser circuncidado y el mohel aún estaba en la casa! ¡Y él mismo, sin saberlo, había traído testigos! Al esposo desdichado se le nubló la vista por un momento… y entonces se le echó encima al mohel, gritando:

—¡Traidor! ¡Enemigo del pueblo! ¿Qué le hiciste a mi hijo?

El mohel huyó. Pero el mohel sabía algo que el padre no sabía: ¡también los dos «testigos» que llegaron con él habían circuncidado a sus propios hijos!

Un judío, comandante de la unidad fronteriza del ejército, quería hacerle brit mila a su hijo. ¿Pero cómo podía traer a un mohel a una zona en la que cada persona era vigilada constantemente y en la que una cara nueva llamaría mucho la atención? El comandante acordó con el mohel que el mohel simularía un intento de cruce ilegal de la frontera. Seguramente sería detenido y entregado al comandante de la unidad. Y precisamente así ocurrió. El comandante llevó al mohel arrestado a su casa, le hicieron brit al niño, y el mohel fue liberado.

Esta historia la escuché personalmente de rav Aharón Jazán, un ex-moscovita que actualmente reside en Bnei Brak. Rav Aharón Jazán publicó en Israel un libro autobiográfico titulado «Neged haZerem» (‘Contra la corriente’), en el que relata este episodio.

Por cierto, en nuestras conversaciones rav Jazán recordó también varias anécdotas de su propia vida. Bromeando sobre la afición judía de «luchar por la justicia», contó cómo a sus colegas judíos los sacaba de quicio que él, por «holgazán», faltara al trabajo en Shabat. Rav Jazán trabajaba en alguna institución importante, y en una ocasión uno de los más altos comunistas de ese tiempo —también, desgraciadamente, judío— escuchó uno de dichos ataques. Le gruñó al acusador:

—¡Una palabra más, y te como! ¿Qué hiciste hoy en la pausa del mediodía? Te hartaste, hinchiéndote las mejillas de comida. Y yo vi a Jazán: no comió más que pan…

[2-4] La tumba del Seder haDorot

Es mi deber contar la siguiente historia… ¡no contarla sería un pecado! La contaré como la escuché de Jodos, el mismo procurador Jodos que encarceló al mohel rav Mordejai Asnin y a muchos otros inocentes. Finalmente, por supuesto, él mismo fue encarcelado… y de la cárcel salió completamente transformado. Se fue a Kazán y siguió trabajando en la procuraduría, pero sin el celo y ahínco de antaño. Yo le daba clases de matemáticas a su hijo, en su casa. Un día no pude contenerme y le pregunté:

—¿Por qué no tienen mezuza en la puerta?

Jodos vaciló un momento.

—No puedo —dijo—, soy comunista, después de todo.

—La ley no exige que esté a la vista —le dije—. Puedes cavar una hendidura en la pared, meter la mezuza y después tapar para que no se vea.

Jodos se paró de inmediato, tomó un cincel y comenzó a hacer un agujero. Le di una mezuza y él la colocó recitando la bendición como corresponde. Y en una ocasión, cuando no teníamos otro lugar para reunir un minian, nos reunimos en su casa para rezar.

Ocurrió que el suegro de Jodos falleció y fue enterrado en el cementerio judío. Cuando Jodos vio algunas de las tumbas judías profanadas (vándalos y borrachos hacían estragos y barbaridades en el cementerio), Jodos comentó:

—¡Qué atrocidad! En Minsk no se ve algo así. Es cierto que una vez quisieron destruir la tumba de un judío importante que está sepultado en Minsk —no se acordaba de su nombre y se refería a él como «a guter yid», ‘un buen judío’—, pero no lo lograron.

—¿Será la tumba del Seder haDorot? —pregunté.

—Sí, sí, me parece que así se llamaba…

«Seder haDorot», ‘Crónica (literalmente ‘orden’) de las generaciones’, es el nombre de un libro escrito por el gaon rav Yejiel Halperin (como ya hemos mencionado, hay una costumbre judía de llamar al autor por el nombre de su libro). Seder haDorot es una obra histórica única que refleja la historia del pueblo judío desde el principio de los tiempos hasta la época del Gaón de Vilna, en la que el libro fue escrito (hace unos doscientos cincuenta años). El autor enumera judíos sobresalientes de todas las épocas, y sus obras, concentrándose en especial en la época talmúdica. Este impresionante tratado bibliográfico incluye los nombres de varios miles de libros. Además, en Seder haDorot están sistematizadas por autor todas las expresiones del Talmud, con indicación del lugar exacto en el que aparece cada una de ellas. ¡Es difícil creer que esta obra gigantesca sea el trabajo de una sola persona!

Hemos de mencionar que el libro Seder haDorot sirvió de fuente para muchos otros tratados históricos.

Cuando yo todavía era niño, unos judíos de Minsk que llegaron a Kazán le contaron amargamente a mi padre que el antiguo cementerio judío de Minsk estaba siendo destruido. Vaciaban las tumbas y construían un estadio para el NKVD en el lugar del cementerio. A diferencia de lo que ocurría en Kazán —tal como dijo Jodos—, en Minsk no eran vándalos quienes profanaban las tumbas: se trataba de una acción oficial del gobierno.

Hay que saber que la Torá nos instruye actuar muy cuidadosamente en todo lo referente a la sepultura. En la parasha Jaiei Sara del libro Bereshit encontramos la primera lección al respecto: la Torá nos relata cómo Abraham compró la cueva de Majpelá para enterrar a su esposa. Más adelante, la parasha Vayeji describe cómo Yaacob le pidió a Yosef que no lo sepultara en Egipto, sino en la Tierra de Israel; y no solamente le pidió, sino que hizo jurar a su hijo. La Torá nos da algunas leyes sobre la manera en la que se debe tratar a un cuerpo muerto y prohíbe rigurosamente perturbar los restos sepultados.

Recuerdo que mi padre les preguntó a los visitantes de Minsk:

—¿Y qué pasó con la tumba del Seder haDorot?

—No —nos dijeron—. La tumba del Seder haDorot no pudieron destruir.

—¿Qué quiere decir que no pudieron? —inquirió mi padre.

—Todos quienes intentaron, murieron.

Yo era niño, y cuando escuché esto pensé «a la gente le gusta exagerar». Pero ahora Jodos me estaba contando la misma historia. Y años después, en 1953 o 54, llegó a Kazán Shalom Isaakovich, un doctor prominente de Minsk que era también un estudioso de la Torá —lo cual ocultaba escrupulosamente—. Le pregunté si la tumba del Seder haDorot se había salvado y él lo confirmó. ¡No podía entender cómo era posible que todo el cementerio hubiera sido destruido y solamente la tumba del Seder haDorot hubiera permanecido íntegra! Incluso después de que Shalom Isaakovich corroboró la historia, me siguió siendo difícil creerla.

Transcurrieron muchos años. En 1962 mi hijo Ben Tzion y yo visitamos Samarcanda, donde vivía mi viejo amigo Yaakob Barashanski. Reb Yaacob era nativo de Minsk, así es que decidí aprovechar la oportunidad… llevaría a Ben Tzion como testigo y aclararía —finalmente— cuáles partes de la historia eran verdaderas y cuáles no. Sabía que podía confiar en la honestidad de este hombre, quien nunca había mentido en su vida.

—Si sabe algo acerca de la tumba del Seder haDorot —le pedí a reb Yaakob—, por favor cuénteme. Pero solamente lo que sepa sin lugar a dudas que es verdad.

Reb Yaacob contestó que conocía muy bien la historia de la tumba del Seder haDorot:

—Uno de nuestros vecinos era un judío que trabajaba en el cementerio. Estaba casado con una no-judía, así es que ya se imaginará qué tipo de judío era. Pero después de ver todo lo que pasó con esta tumba, comenzó a ponerse tefilin todos los días.

Aquí quisiera intercalar una explicación. Que un judío esté casado en matrimonio mixto es algo muy grave… y revelador. En seguida se sabe que tal judío le ha vuelto la espalda a su cometido. La Torá es nuestro camino y nuestro destino. Si una pareja judía —D-os no lo quiera—, no cumple los preceptos, aún hay esperanza de que sus hijos se arrepientan y vuelvan a la Torá. Pero cuando un matrimonio es mixto, el desprendimiento es total.

En los años treinta judíos «ilustrados», regodeándose con su «igualdad de derechos», comenzaron a casarse con no-judías. Sin embargo, en Minsk los matrimonios mixtos eran aún muy poco comunes. Al parecer, la persona sobre la que contó reb Yaacob era uno de los «pioneros».

Reb Yaakob relató lo siguiente:

Encima de la tumba del Seder haDorot había un mausoleo. Cuando los soviéticos estaban desmantelando el cementerio, dos trabajadores subieron al techo del mausoleo. Ambos se cayeron. Uno murió y el otro se rompió una pierna… Su supervisor se enojó:

—¡No saben trabajar! ¡Lo haré yo mismo! —Tomó una barra de hierro y golpeó el mausoleo con todas sus fuerzas. Pero la barra rebotó y lo golpeó en la cabeza.

A partir de entonces, todo Minsk tenía miedo de acercarse a la tumba. ¿Qué harían ahora? Junto a la tumba había un estadio recién construido; no era este un buen lugar para un antiguo mausoleo judío… Después de pensarlo mucho, decidieron volver a pintar el mausoleo y escribir sobre él: «Aquí yace el famoso historiador fulano de tal». La gente aún recuerda cómo las autoridades buscaron por toda la ciudad a alguien que estuviera dispuesto a hacer este trabajo, pues todos tenían miedo.

[2-5] Carne kasher en Kazán antes de la guerra

En los años treinta en el mercado de Kazán había un carnicero que se llamaba Zalman. Tenía su propio puesto y vendía carne treif (carne de animales degollados sin seguir las leyes de shejita). En 1937 mi amigo Misha Maidanchik y yo estábamos rompiéndonos la cabeza tratando de pensar cómo organizar la venta libre de carne kasher, para que todos quienes necesitaran pudieran comprar sin problemas. De repente se nos ocurrió que podíamos usar el puesto de Zalman para este propósito.

Una vez a la semana un shojet iba al rastro (se hizo un arreglo en secreto con la administración). Se acordó que ante la menor duda respecto al kashrut de la carne de algún animal degollado, esta sería puesta a un lado y considerada treif; la demás carne sería kasher. En la sinagoga recolectábamos cincuenta kopeks por persona para pagarle al shojet sus viajes en taxi al mercado y de regreso, y por su trabajo. En esos años, en Kazán había alrededor de treinta familias que cuidaban kashrut, de manera que bastaba con una o dos vacas a la semana. En el minian anunciábamos: «Tal y tal día, de las doce del día a las dos de la tarde se venderá carne kasher en el puesto de Zalman, al mismo precio que la carne treif; fórmense a tiempo» (como es sabido, sin formarse en fila de espera no se podía comprar nada en tiempos soviéticos). Obviamente los clientes no-judíos de Zalman que compraban dentro de ese lapso también recibían carne kasher, pero esto no era un inconveniente: la ley judía no prohíbe que no-judíos coman carne kasher.

Es sorprendente cómo cada judío, por alejado que esté del judaísmo, tiene dentro de sí la chispa judía. Recuerdo que en ese tiempo de vez en cuando entraban a la sinagoga personas que se habían desconectado de sus raíces mucho tiempo atrás, y preguntaban:

—Antes comíamos carne treif pero ahora comemos carne kasher. ¿Qué necesitamos hacer con nuestros trastes? ¿Cómo los kasherisamos?

¡Y todo esto ocurrió en pleno 1937, un año terrible!

Nuestro sistema astuto de venta de carne kasher se mantuvo en pie varios años. Finalmente las autoridades de alguna manera se enteraron de que teníamos carne kasher y empezaron a escudriñar. Afortunadamente todo se arregló y no encarcelaron a nadie; pero tuvimos que buscar otras maneras de abastecer de carne a la gente.

[2-6] Antes de morir no se miente

También en años posteriores he tenido muchas oportunidades de convencerme de que la chispa judía está viva en cada judío, sin importar en qué estado se encuentre.

Mi padre solía decir que antes de morir no se miente.

A veces me mandaba llamar alguien desde su lecho de muerte para pedirme que cuando falleciera lo sepultara como judío. Sé de un caso de una mujer casada con un no-judío que llamó a un rabino (fue durante la Segunda Guerra Mundial, en Samarcanda) y le pidió que la enterrara de acuerdo a la ley judía si es que no sobrevivía la operación a la que estaba por someterse, ya que era judía. ¡Y toda su vida la vivió como no-judía dentro de una familia no-judía! Tal como pidió, la sepultaron como judía.

¡¿Qué se puede decir?! El mismo jefe del Partido Comunista israelí, Moshe Sneh, escribió en su testamento que el ateísmo es un cretinismo, que quería ser enterrado envuelto en un talit y que le pedía a su hijo que leyera kadish por él.

¹N.T.: Sergei Kirov fue secretario del Partido Comunista en Leningrado.

[3] Respeto Mutuo

Basado en material de las clases de rav Baruj Frujter, Escrito por la señora Hadassah Shvalb

Uno de los principales pilares sobre los que se construye el hogar judío —y de hecho cualquier hogar— es el respeto mutuo entre marido y mujer. Es importante entender que el respeto mutuo no es una mera adición agradable a la vida familiar, sino una condición necesaria para construir una relación armoniosa.

En la Torá, encontramos ejemplos de cumplimiento de los preceptos de respeto a los padres, a la Torá y a los Sabios. También la halaja describe y expone muchos ejemplos de respeto en todos sus detalles. Es interesante que el respeto —al contrario de lo que hubiera podido pensarse— no es una acción encaminada a beneficiar al objeto respetado. Para entender esto mejor, pensemos un momento en el precepto de tzedaka (asistencia a los necesitados)… ¿Cuál es el significado de este precepto? Si decimos que su sentido es alimentar a los pobres, ¿por qué el Todopoderoso no los alimenta Él mismo? ¿Acaso no tiene suficiente dinero, y es imprescindible utilizar para ello nuestros recursos? La respuesta es que Hashem quiere darle méritos al pueblo de Israel, y la tzedaka que damos nos beneficia en primer lugar a nosotros mismos, ya que por el mérito de los preceptos adquirimos  parte en el Mundo Venidero, además de muchas otras bendiciones.

En su comentario a una mishna de Pirkei Avot, Rambam plantea una pregunta interesante. ¿Si una persona tiene 1000 monedas para dar como tzedaka, qué es mejor: que le de  todo el dinero a una sola persona o que lo divida entre mil pobres, dándole una moneda a cada uno? Hoy en día una moneda («peruta») equivale a unos doce o trece agorot; por lo tanto 1000 monedas (perutot) equivalen a 120 o 130 shekels. Si se le da esta suma a una sola persona, ella podrá comprar un pollo, arroz y un poco de verduras. Estos productos quizás le alcancen para alimentar a su familia un Shabat; es decir que los 120 o 130 shekels son, en principio, una buena ayuda. Por otro lado, si decide repartir el dinero entre mil personas, dándole doce agorot a cada una, ¿qué podrá hacer cada una de las mil personas con aquellos centavos, que no alcanzan ni para comparar un bolillo? En el primer caso, la persona que dio tzedaka ayudó a alguien a alimentar a su familia, mientras que en el segundo, repartió centavos a muchas personas pero realmente no ayudó a nadie. Sin embargo, Rambam dice que es al revés: es preferible dar mil veces una moneda, a diferentes personas, ya que de esta manera  educamos mil veces en nosotros mismos la cualidad de «dar», realizamos mil veces un acto que mejora nuestra alma. Por lo contrario, si donamos la suma completa a una sola persona, realizamos solamente una buena acción (aunque en este caso se produzca un efecto más dramático). Esto es una excelente prueba de que el precepto de tzedaka no es para beneficio de los necesitados, de quienes el Todopoderoso puede hacerse cargo directamente, sino para nuestro propio benficio, ya que a través de la tzedaka mejoramos nuestros atributos.

Con el «respeto» ocurre lo mismo que con la tzedaka: los beneficios de la acción de respetar son, ante todo, para nosotros mismos. Por supuesto, la persona que recibe el respeto capta nuestra actitud agradable, y esta le resulta grata (aunque hay quienes huyen de los honores). Sin embargo, la idea del respeto es en primer lugar que nosotros construyamos o corrijamos algo dentro de nosotros mismos. A nuestros padres los respetamos a priori como muestra de gratitud por habernos traído al mundo, y por habernos educado y dado todo lo que necesitamos; dicha gratitud es un sentimiento que atañe personalmente a los hijos, y no a sus padres. En la medida en la que seamos capaces de sentir gratitud incluso por las cosas aparentemente más insignificantes, nos volveremos personas más completas. ¿Qué es el respeto a los Sabios y a la Torá? Nosotros mismos, en nuestro interior, reconocemos la importancia de la Torá y le damos un lugar elevado en nuestras mentes.  Una de las herramientas que nos ayudan a desarrollar dentro de nosotros mismos el sentido de respeto por la Torá, es expresar en una variedad de maneras cuán importantes son para nosotros la Torá y los Sabios. Lo que cambia por medio de nuestro respeto no es la Torá, sino nuestra actitud hacia ella y nuestros atributos en general.

Después de esta introducción podemos hablar del respeto a la esposa. ¿Qué gana un hombre respetando a su mujer? En primer lugar, el respeto por su mujer le ayuda a mirarla como alguien muy importante y eleva su relación con ella a un nivel completamente nuevo. Un marido que respeta a su mujer expresa su respeto no solamente cuando necesita algo de ella: el respeto se vuelve algo definitorio en su relación. Él se preocupa de lo que es importante para ella y es sensible a su estado de ánimo; busca su bienestar y trata de asegurarse de que ambos juntos se sientan bien en su hogar; percibe cualquier petición de su esposa no como orden, sino como muestra especial de confianza…

Imaginemos la siguiente situación hipotética: de pronto entra un gran rabino, por ejemplo rav Steinman, y te pide que pases a la tienda y le compres un litro de leche. Por supuesto que no se te ocurriría indignarte y decir que estás siendo utilizado como mensajero; al contrario, ¡cada uno de nosotros consideraría un privilegio la oportunidad de honrar a un sabio de la Torá y serle útil en algo! La petición de rav Steinman no es diferente de la petición de cualquier otra persona, con la única diferencia de que por ser tan grande nuestro respeto por la Torá y por los Sabios, no evitamos sino buscamos oportunidades de servirles. Lejos de parecernos una carga, consideramos un honor y un placer hacer algo por ellos. Llegamos así a una conclusión fundamental: ¡la importancia y el respeto están íntimamente ligados entre sí!

La teoría es bastante simple. ¿Pero cómo aplicarla en la vida cotidiana? Cada uno de nosotros creció en una casa en la que observó la relación mutua entre sus padres, y en particular el respeto del padre a la madre y viceversa. La percepción del niño de la relación entre sus padres, y especialmente del respeto mutuo entre ellos, establece para toda su vida marcos de comportamiento. ¿Qué son los marcos de comportamiento? Digamos que en el transporte público a una persona la empujan y le sacan la cartera. ¿Qué hará? Posiblemente persiga al ladrón, grite, llame a la policía… pero no intentará matar al ladrón en el acto. Y no porque la Torá prohíba matar, sino porque en la percepción de la persona promedio, tal manera de «saldar cuentas» está simplemente más allá de los límites de lo aceptable. Incluso fuera del contexto de la religión, la mayoría de la gente tiene límites claros de lo que está permitido, y el asesinato por lo general está fuera y lejos de tales límites.

En la relación entre marido y mujer se dan situaciones en las que el marido está muy enojado con su esposa, sea con o sin razón. Digamos que en cierta situación el marido en verdad tiene una razón para estar enojado. ¿Cuáles serán los límites de la manifestación de su ira? Como regla general, estos límites dependerán directamente de lo que la persona haya visto en casa de sus padres. Su reacción no provendrá del intelecto sobrio, sino de un mecanismo automático que se activa  cuando la ira se apodera del hombre. La reacción puede ser un grito o, por el contrario, silencio; intimidación o incluso —por desgracia— violencia… Sea cual fuere la reacción, esta generalmente tiene sus raíces en la casa de los padres. Incluso si algún sentimiento que emerge no es actuado hasta el final, no es porque este le parezca inaceptable a la  persona, sino porque la persona trabajó consigo misma y en esa situación particular logró mantener el autocontrol; sin embargo, la idea de tal reacción le vino a la mente como algo totalmente legítimo. Típicamente, tal reacción (o al menos el pensamiento de tal reacción) proviene de la casa de los padres o de cualquier otro lugar donde se haya criado (así como de libros, películas, etc.).

El mecanismo de marcos de comportamiento aprendidos en casa de los padres opera en todos los ámbitos de la vida. Pensemos, por ejemplo, en el robo. Cualquiera dice que robar es malo y está convencido de no ser un ladrón. ¿Sin embargo, hasta qué punto es cierto esto? Del bolsillo del prójimo  no saca dinero ni dulces, eso está claro. Tampoco va a la tienda a tomar mercancía sin pagar. ¿Pero, por ejemplo, es capaz de subirse a un autobús sin comprar boleto?, ¿qué tan meticuloso es en esto? O digamos que el cajero se equivocó y en lugar de darle cambio de cien shekels, le dio cambio de doscientos. Si se da cuenta estando todavía  en la caja, ¿le señalará su error al vendedor? ¿Y si se da cuenta en la casa, una hora después de haber regresado, le parecerá que vale la pena recorrer un largo camino solamente para devolver el dinero? Al fin y al cabo sufrió una tienda sin rostro, no una persona en particular… Puede haber una infinidad de casos distintos, y no siempre es evidente cuál es la manera correcta de actuar. Sin embargo, la regla general aquí es una: el niño absorbe su manera de comportarse ante tales situaciones en la casa de sus padres, y establece para sí mismo marcos de comportamiento para toda la vida.

Quien creció en un hogar que distaba mucho de ser ideal puede pensar: ¿qué tiene todo esto que ver conmigo? Sin embargo, la importancia de lo que estamos discutiendo aquí es directa y sumamente práctica: nuestra manera de conducirnos es el ejemplo que nuestros hijos ven y que luego reproducirán en sus familias… nuestros hijos les inculcarán nuestros hábitos a sus propios hijos, ¡nuestros nietos!

Todo tipo de detalles de nuestra interacción familiar, a los cuales no estamos acostumbrados a prestar mucha atención, después de 10 o incluso 20 años pueden «disparar» aparentemente de la nada. Por ejemplo, ¿qué escucha el niño tres veces al día durante veinte años en la mesa familiar? ¿Escucha comentarios como «¡Muchas gracias a mamá por la comida maravillosa que nos preparó!»  o  «¡Querida, cómo adivinaste que justamente hoy tenía antojo de tu maravillosa sopa de tomate!»? Son detalles, pero justamente de estos detalles nuestros hijos aprenden cómo comportarse con sus cónyuges. Si un niño se cría en un hogar donde se escuchan comentarios de otro tipo, por ejemplo «¡Otra vez arroz, como el de ayer!»  o «No puedo ver esta sopa ni en pintura, ¿todavía no te enteras?»  o «Es imposible comer estas papas con la cantidad de sal que les pusiste», no será sorprendente que cuando crezca tenga problemas cotidianos de comunicación… los cuales conducen de forma natural a problemas de Shalom bait.

El día de Shabat tiene un gran impacto en los niños y ofrece muchas oportunidades de que ellos vean el respeto mutuo entre sus padres. Sigamos con ejemplos culinarios. Después de kidush y la bendición sobre el pan normalmente se sirve un platillo de pescado. Es bueno que la esposa le muestre respeto a su marido sirviéndole primero a él, la mejor pieza, antes de pasar el platón a todos los demás. Entre miembros de la familia e invitados  puede haber diez personas sentadas a la mesa, y todas quieren disfrutar de la cena. Mientras tanto la esposa está en la cocina, quizás acabando de cortar alguna ensalada o sirviendo la guarnición. Por supuesto que nadie quiere comer fría su cena, y si todos comienzan a comer sin la mamá, es entendible. Sin embargo, esta es una oportunidad para el marido: si espera a que su esposa se siente a la mesa para comenzar a comer, esta puede ser una alta expresión de respeto. Los niños recordarán y reproducirán tales manifestaciones de respeto, comportándose  de la misma manera en sus propias familias. Si en las familias de origen de ambos cónyuges el modo de interacción de los padres era similar, en casa de los recién casados surgirán menos conflictos en la vida cotidiana; y, a la inversa, cuanto más diferente sea el origen del esposo y la esposa, más tendrán que trabajar en cosas como estas.

El respeto debe provenir del entendimiento, no del sentimiento. Debemos controlar con la razón el respeto que le mostramos a nuestro cónyuge, y a cualquier otra persona en cualquier tipo de relación. Mientras más respeto le mostremos a nuestro interlocutor, más productiva será la comunicación con él. La actitud inicial también es muy importante para el desarrollo de la relación: por ejemplo, si una chica viene a consultarme sobre un shiduj y me dice que el chico es bueno pero no muy inteligente… sé que lo más probable es que tal shiduj esté  condenado al fracaso. Si después del primer o segundo encuentro la chica no considera que el candidato sea inteligente, ella desde un principio no lo respeta; dicha falta de respeto probablemente crezca con el tiempo. ¡Sin respeto, especialmente respeto de la mujer a su marido, y por supuesto del marido a su mujer, una casa judía jamás se convertirá en un lugar en el que la Shejina esté presente!

El hogar no es un lugar para evaluar y calificar, no es un tribunal de justicia; ¡en la familia  se trata en primer lugar de brindarse apoyo, confianza y —por supuesto— respeto mutuo! Digamos que el marido sufrió un desagrado en el trabajo o que le preocupa una cuestión difícil que no  puede resolver por sí solo, ¿a quién le pedirá consejo? Sería lógico suponer que compartirá sus pensamientos con su esposa. Sin embargo, si no considera a su mujer inteligente  no se molestará en compartir con ella sus experiencias. La esposa, sintiendo tal actitud, se molestará y ofenderá. Tal vez surja incluso una pelea. Si situaciones de este tipo se repiten a menudo, la casa se convierte en un campo de batalla y el enamoramiento original desaparece sin dejar rastro…

Una situación típica se da cuando la esposa vuelve a casa cargada de bolsas llenas de compras. Si el marido encuentra tiempo para mostrar interés en lo que su esposa compró, puede ser que señale que por lo menos cuatro de los productos comprados fueron un desperdicio de dinero («el cual de por sí no abunda»). El marido puede tener razón o estar equivocado. Sin embargo, la forma en la que expresa su opinión es muy importante para la paz en la familia. La frase «desperdiciaste el dinero en tonterías» sin duda hiere y ofende. Pero si en lugar de ello el marido dice «No estoy seguro, pero me parece que no era indispensable comprar estas cosas ahora», la mujer probablemente escuche su opinión y le de importancia; además, el tono respetuoso de su marido no dañará su autoestima. ¡Después de todo, el hecho de que cada uno tenga y exprese su propia opinión no tiene por qué  herir la autoestima de nadie! Sin embargo, cualquier evaluación que directa o indirectamente diga «tú no sabes», «tú no puedes»  o «tu no entiendes» simplemente destruye la relación.

También la individualidad del cónyuge debe ser tomada en cuenta. Las nociones sobre lujo, confort y manera correcta de gastar el dinero varían de persona en  persona. Una persona puede considerar perfectamente normal sentarse en sillas de plástico alrededor de una mesa cubierta con un mantel sencillo, ¡y dar gracias a D-os de que en la casa hay mesa y sillas! Para otra persona, sin embargo, tal situación puede ser inaceptable: para él es indispensable que la mesa y las sillas del comedor sean de madera maciza tallada, y el mantel debe ser sin falta con encaje y calado. Y esto no será para él un lujo, sino el estándar al cual está acostumbrado desde la infancia, o la idea que él tiene del hogar judío perfecto. En cuestiones de guardarropa, para alguien basta con tener un traje y algunas camisas, siempre y cuando estas prendas estén limpias y en buen estado, y correspondan con lo que usa la gente en su entorno. Sin embargo, para otro es importante cambiar de camisa varias veces al día, vestir corbatas de moda y comprarse trajes dos veces al año, independientemente de que los que usa se hayan desgastado o no. Ciertamente la capacidad de contentarse con poco es una cualidad importante que debe inculcarse en los niños; sin embargo, debemos saber que es igualmente importante aceptar a nuestro cónyuge tal como es. Y si se hace un intento de cambiar algo, debe hacerse por medio del ejemplo propio, y no con discusiones y gritos.

La diversidad de enfoques es muy común en el judaísmo. El estudio de la Torá se construye justamente sobre las diferencias de opinión. Leemos acerca de cómo los grandes Sabios discuten entre sí y cada uno expresa su opinión, y sabemos que esto es normal. Todas las opiniones en nombre de la Torá son importantes y correctas, y todas pueden y deben ser expresadas… mas solamente si al expresarlas se observa el respeto mutuo (y bajo la condición de que cuando se tome una decisión la minoría se someta a la mayoría). Lo mismo ocurre en la vida familiar: es necesario hablar, analizar y que cada quien exprese su opinión y escuché la opinión de su cónyuge, porque de lo contrario nunca llegará a conocerlo mejor. Sin embargo, tal comunicación debe ocurrir dentro de los marcos que impone el respeto, y con entendimiento de que no hay uno que tenga la razón y otro que esté equivocado.

Los marcos de respeto son muy importantes, y varían según quién sea nuestro interlocutor. En la yeshiva, por ejemplo, un amigo puede arrojarle a otro una almohada como gesto amigable, y puede quizás decirle «¡no seas tonto!» sin pretender ofenderlo ni herirlo (los amigos saben que  todos ellos son bajurim brillantes y  excelentes estudiantes). ¡Este tipo de  bromas amistosas no pueden y no deben existir entre marido y mujer, ya que la esposa no es un amigo de la yeshiva y nunca lo será! Nuestros Sabios dicen acerca de la esposa «amarla como a ti mismo y respetarla más que a ti mismo»… ¿Qué significa «como a ti mismo»? El marido debe amar a su esposa tanto como es capaz, de acuerdo a su carácter y sus capacidades naturales. «Más que a ti mismo» quiere decir que el marido debe mostrarle a su esposa más respeto del que puede mostrarle valiéndose para ello de todos sus medios. ¡El respeto nunca es demasiado!

Me gustaría contar una historia que ilustra vívidamente el papel tan importante que el respeto juega en nuestras vidas. Uno de mis familiares es  la alcaldesa de Netanya, Miriam Feinberg. Sus padres no son religiosos; sin embargo Miriam de chica estudió en un colegio religioso «Beit Yaakov». Una vez le pregunté a la madre de Miriam: ¿Cómo sucedió que ustedes, sin ser religiosos, mandaron a su hija a una institución religiosa tan estricta? Como respuesta, la mujer contó su historia: a finales de los años cincuenta trabajó como administradora de uno de los grandes hoteles en Netanya, donde en el verano se reunían todos los grandes rabinos de la época. Lo que más le impresionó de los grandes rabinos —roshei  yeshiva— fue el enorme respeto con el que trataban a sus esposas. Por eso pensó: «¡Si todas estas personas tan importantes y respetadas respetan tanto a sus esposas, quiero que mi hija estudie en una de sus escuelas!»

La idea del respeto a la mujer es fundamental para nuestro pueblo; está presente de manera intrínseca en la Torá y es apoyada por muchas generaciones de Sabios y por muchos ejemplos diarios de maridos judíos justos. El gran rabino Desler, siendo mashgiaj de la yeshiva de Gateshead (Inglaterra), fue uno de los que subrayó la importancia de respetar a las mujeres. En una ocasión, rav Yosef Shlomo Kaaneman llamó a rav Desler y le ofreció ser mashgiaj de la yeshiva de Ponevezh. Esta posición era, por supuesto, más importante que la que ocupaba en ese momento, pero para aceptarla tenía que cambiar su lugar de residencia: mudarse de Inglaterra a Israel. Rav Desler estuvo de acuerdo y se trasladó con su familia a Bnei Brak. En su casa había un objeto muy valioso: una copa de kidush de rav Israel Salanter que la rebetzin Desler había recibido de su abuelo en herencia. En su primer Shabat en Eretz haKodesh rav Desler puso sobre la mesa otra copa de kidush. Su esposa se dio cuenta y le preguntó: «¿Por qué no hacemos kidush con la copa con la que hemos hecho kidush todos estos años?» Rav Desler explicó: «Hoy celebramos Shabat en Bnei Brak, y el rabino principal aquí (el que establece la halaja) es Jazón Ish. Según Jazón Ish, la copa de kidush debe contener una cantidad mayor de la que cabe en nuestra copa, aunque la ley aprueba seguir la opinión menos estricta y usar nuestra copa. Por respeto a Jazon Ish, decidí cambiar de copa». La esposa dijo: «¿La copa que usaron Jafetz Jaim y rav Jaim Ozer para hacer kidush no es suficientemente buena para nosotros? ¡No veo razón para cambiar de copa!» Rav Desler, sin decir ni una palabra, colocó  la copa nueva en el armario y sacó la antigua copa de kidush. Rav Desler continuó vertiendo en esta copa el vino para kidush durante los próximos cinco años, hasta que su esposa se fue de este mundo. En el primer Shabat después de su fallecimiento, cuando rav Desler estaba sentado en shiva, sacó nuevamente la copa de kidush en la que cabía un volumen mayor de vino. Rav Desler no estaba de acuerdo con su esposa en la cuestión del tamaño de la copa de kidush, y hubiera podido recordarle quién era el jefe en la casa e insistir en lo suyo; ¡sin embargo durante cinco años le dio gusto a su esposa cada Shabat! Este es un maravilloso ejemplo de la manera elevada en la que los grandes de nuestro Pueblo muestran respeto a sus mujeres. Los ejemplos son muchos; tenemos de quién aprender. ¡Incluso en cuestiones de halaja puede haber lugar a concesiones por respeto al cónyuge!

Probable muchos se pregunten: «¿Por qué hay que respetar de manera especial a la esposa? Sabemos que en las familias de los grandes rabinos así se acostumbraba, lo cual está  muy bien, ¿pero qué tiene eso que ver con nosotros, la gente sencilla?  ¿Qué cambiaría si respetáramos a nuestras mujeres un poco más? ¿Acaso no permanecería todo igual, y recibiríamos recompensa solamente en el Mundo Venidero?».  En primer lugar, todo el respeto que el marido le muestra a su esposa regresa a él, muchas veces incluso magnificado, no solamente porque  la naturaleza humana es tal que reflejamos el comportamiento de nuestros seres cercanos, sino también porque la mujer está predispuesta a obedecer a su marido. Respetar a su esposo es para ella una necesidad tan urgente como su necesidad de ser amada por él. En segundo lugar, cuando la esposa siente que su marido la respeta, y le devuelve este respeto, ninguna petición suya le parecerá difícil  o imposible de realizar (recordemos el ejemplo de rav Steinman). ¡En tercer lugar, una casa cuya ama es respetada incluso se ve diferente!

El respeto mueve al mundo. La persona está construida de tal manera que es capaz de superar incluso sus peores defectos —tales como debilidad, codicia e ira— en aras de respeto. La mayoría de las mujeres se sienten bien en bata, sin maquillaje y con una bandana sencilla en la cabeza; pero probablemente muchas no se decidan a salir así a la calle, por cuestión de respeto. Las mujeres, aunque les resulte difícil, se ponen un pañuelo bonito o una peluca y cambian de ropa antes de salir de la casa. En cuanto respeto al esposo, no todas se atreven a recibir a su esposo con aspecto desaliñado.

Es bien sabido que cuanto más respeto una persona recibe (o siente que puede llegar a recibir) en un lugar determinado, más se esmera y trata de mejorarse. ¡Si el lugar de respeto es nuestra casa, y el esposo y la esposa se comportan en ella de manera especialmente sublime,  juntos invitarán la Presencia Divina!

El respeto es algo que la persona valora mucho y tiene miedo de perder. ¡Si una mujer se siente verdaderamente  respetada por su esposo, temerá perder dicho respeto y hará todo lo posible para que perdure!  En el caso opuesto, si no siente que su marido la respete, ¡no tiene nada que perder!

¡Bienaventurados los que nacieron y se criaron en hogares donde los padres se respetaban mutuamente, trataban con respeto a los niños y se conducían en todos aspectos como los padres modelo de la familia judía ejemplar! ¿Pero qué han de hacer aquellos quienes no vieron tal ejemplo en su infancia, hijos de padres que no se comportaban como se describe en los libros y clases de Shalom bait… o niños que crecieron en casas donde estaba presente solo uno de los padres, o incluso solo una abuela? ¿Deben tales personas considerar que por haber sido ese su destino, pueden atribuir todos sus defectos a «circunstancias atenuantes» y a su «infancia difícil»? La respuesta, por supuesto, es «¡no y otra vez no!» Sin duda, para quien no vio un ejemplo apropiado ante sus ojos a partir su nacimiento, y día con día durante los siguientes 20 o 30 años, será más difícil construir relaciones adecuadas en su propia familia, ¡pero «difícil» no significa ‘imposible’!

Como mencionamos anteriormente, nuestras reacciones en momentos de ira se producen de forma natural e irreflexiva; no surgen de una mente clara, sino de las profundidades del subconsciente. Después de tales situaciones, hayamos logrado contenernos o no, es importante hacer un autoexamen (jeshbon nefesh) y decirse a uno mismo: «No logré resistir el impulso, no me comporté como me hubiera gustado comportarme en una situación de ese tipo. Obviamente, la razón es que no estoy acostumbrado a responder correctamente de forma automática. La próxima vez voy a tratar de responder de manera distinta», y moldear en nuestra consciencia nuestra reacción ideal en detalle. Lo más probable es que ni la primera ni la segunda vez logremos «volver a nacer» como una persona nueva, ideal. Sin embargo, este auto-análisis  poco a poco conducirá a que nuestras reacciones sean menos tormentosas. Podemos aprender a actuar conscientemente y entrenarnos a reaccionar en la manera en la que deseamos actuar, hasta que estos nuevos hábitos se vuelvan parte de nosotros. No olvidemos que nuestros esfuerzos por corregirnos se reflejarán en las generaciones futuras, en la manera en la que nuestros hijos y nietos construirán sus propias familias. ¿Acaso no queremos ayudarles en esto?

¡Quiera Hashem que tengamos el mérito de construir hogares judíos verdaderos, y que la Shejina que habitará en ellos  ilumine a todas las generaciones futuras!

[4] Respuestas de Rav Kuklin a Preguntas de Nuestros Lectores

Escogimos de nuestra colección de números pasados (en ruso se han publicado ya 86 ediciones de Beerot Itzjak), tres respuestas de rav Kuklin a preguntas de nuestros lectores, esperando que te sean interesantes.

¡Por supuesto que tú también estás invitado a enviar tu pregunta a rav Kuklin, sobre cualquier tema!

[4-1] ¿Por qué es importante hablar con calma, aunque a veces gritar sea más efectivo?

Estimado rabino:

En una de sus respuestas, leí lo siguiente: «Es importante recordar que solamente palabras dichas con tranquilidad pueden causar un cambio positivo en la consciencia  de la persona y ayudarla a mejorarse». Sin embargo, me he dado cuenta de que a menudo precisamente cuando se le grita a un niño, el niño cumple la orden. ¡Por favor explique!

En el tratado Shabat (34a) está escrito que poco antes de la entrada de Shabat el jefe de la familia debe recordarles a los miembros de su casa acerca de ciertas cosas relacionadas con los preparativos para Shabat. Abaye añade: «Si bien los Sabios establecieron que el jefe de familia debe  recordarles a los miembros de su casa que hagan ciertas cosas, es indispensable que hable suavemente y con tranquilidad, para que reciban sus palabras». Abaye se refiere a que hablando de manera afable el jefe de la familia será capaz de influir de manera más eficaz en los miembros de su hogar, a fin de que ellos cumplan con sus instrucciones.

A las personas les gusta cuando se les trata con amabilidad y dulzura; dicho trato despierta en ellas el deseo de cumplir con precisión lo que se les pide. Por lo contrario, un trato brusco y áspero provoca indignación e ira, lo cual conduce a renuencia a ejecutar la orden. «La respuesta blanda quita la ira; mas la palabra áspera hace subir el furor» nos enseña al rey Shlomo (Mishlei 15: 1). Y más adelante dice también (25:15): «Con longanimidad se persuade al príncipe, y la lengua blanda romperá un hueso».

Sin embargo, como usted dice con razón, en la práctica a veces sucede que gritar es más «efectivo»: por miedo, la persona rápidamente hace lo que se le pide, sobre todo si se trata de un niño o un individuo subordinado a quien da la orden. En las palabras del Talmud, en otro lugar (Shabat 105b), encontramos un ejemplo similar. Por ello explica rav Nissim Karelitz («Jut haSheni», Shabat) que Abaye se refiere a lo siguiente: a pesar de que a veces una exigencia comunicada de manera dura y decidida es más eficiente en términos de la prontitud de su ejecución, las palabras tranquilas y suaves son preferibles, ya que permiten que el corazón de la persona reciba la petición y la realice de buena gana. Y en el futuro, la persona realizará la buena acción por cuenta propia, incluso sin que se le pida. Rav Nissim Karelitz escribe: «He aquí una regla importante en la educación: han de preferirse discursos que se inculquen en el corazón humano, incluso si son menos eficientes en términos de velocidad de ejecución». Y esto, según afirma  rav Nissim, es lo que quiere decir Abaye con las palabras que citamos anteriormente: « A pesar de que los Sabios establecieron…»; es decir que a pesar de que el jefe de la familia debe exigir la realización de los preparativos para Shabat —y a pesar de que esta debe ser inmediata, ya que queda poco tiempo hasta la puesta del Sol— sigue siendo preferible hablar en voz suave y tranquila, ya que de esta manera los miembros de la familia realizarán dichos preparativos con mayor gusto.

Y en esto consiste  la educación verdadera: hacer que la persona «reciba» lo que se le dice y continúe llevando a cabo la acción por sí mismo, sin que se le pida y sin temor de la persona quien le dio la instrucción originalmente, como se puede ver en el comentario del Gaón de Vilna al libro Mishlei (22: 6). De lo contrario no estaremos educando, sino «amaestrando» (como en el circo).

Sin embargo, escribe rav Nissim, en raras situaciones, cuando la ejecución inmediata es indispensable, se puede dar una orden en tono exigente y estricto; pero incluso en estos casos no se debe exagerar, como se dice  el Talmud en el tratado Gittin (6b).

[4-2] ¿Cuál es la diferencia entre educar y amaestrar?

Estimado rabino:

En su respuesta a la pregunta «¿Por qué es importante hablar con calma, aunque a veces gritar sea más efectivo?» leí acerca de la distinción entre educar y amaestrar. ¿Le importaría desarrollar más este tema? ¿En qué consiste la diferencia?

Para entender la diferencia, veamos el siguiente ejemplo.

Hace aproximadamente 300 años vivió  un gran rabino llamado rabbi Yonatan Aybeshits. Una vez sobrevino una disputa entre él y su buen amigo, el domador de animales de la corte. El domador sostenía que es posible «educar» a un animal al grado de que se vuelva semejante a la persona en todos los aspectos; rav Yonatan Aybeshits, sin embargo, aseveraba que el animal siempre permanecerá animal. «Ya verás, de qué es capaz el arte de amaestrar animales», dijo el domador indignado.

¿Qué hizo? Organizó un gran banquete al cual invitó a ministros y nobles. El camarero del banquete no era otro sino un elegante gato llamado John. El atuendo de  John cautivó a la audiencia: su camisa blanca como la nieve cegaba los ojos y contrastaba con su lujoso traje negro de tres piezas; una corbata de moño realzaba su dignidad, y en sus manos (patas delanteras) lucía maravillosos guantes blancos de excelente seda.

El elegantísimo gato caminó en la sala sobre sus patas traseras con una gracia sin igual y presentó a cada invitado una bella bandeja llena de diversos manjares. Al servir a los invitados, John se inclinaba cortésmente y su pequeña cabeza asentía con afabilidad.

—¿Nu, qué  me dices? — preguntó el domador satisfecho—. ¡¿No es mejor este gato que cualquier persona?! ¿Dónde más encontrarás un camarero tan elegante y educado?! —Una sonrisa de autocomplacencia se dibujó en el rostro del entrenador; su gusto de haber vencido al inteligente rabino en la disputa no tenía límites…

El domador miró a su oponente, esperando verlo confundido; sin embargo —para su gran sorpresa— rav Aybeshits permaneció ecuánime.

—En un minuto más verás si el gato se convirtió en hombre o si, a pesar del maravilloso adestramiento que recibió, sigue siendo gato. —El gran rabino, sin apresurarse, introdujo su mano a su bolsillo y sacó de él una pequeña caja de rapé. Abrió lentamente la caja, y súbitamente… brotó de ella un ratón gris. Veloz, el ratón se dejó caer a una silla, y de ahí al suelo, y corrió por todo el salón del banquete hacia la puerta.  Al percatarse del ratón, nuestro elegante camarero se olvidó de inmediato de su puesto de responsabilidad, dejó caer la bandeja y corrió tras él. El camarero —recientemente tan propio— saltó ágilmente de mesa en mesa, derribando los magníficos vasos de cristal y rompiendo la vajilla de porcelana.

—¿Entonces, aún piensas que un gato puede ser transformado en persona?!  —preguntó rav Yonatan retóricamente. No hubo respuesta…

Un entrenamiento hábil puede incluso darle a un gato la apariencia de un hombre cortés. ¡Pero miren lo que ocurrió con John! En realidad, el gato permanece gato con todas sus pasiones animales y su naturaleza desenfrenada.

Hay que señalar que no solamente los animales son susceptibles de ser amaestrados, sino también las personas. Por medio de castigos e incentivos, se le puede enseñar a una persona un comportamiento determinado… mientras que su naturaleza permanece sin cambios. Y esto será amaestramiento, mas no educación.

La tarea de la educación es afectar la esencia de la persona: no satisfacerse con influenciar su comportamiento exterior, sino también hacer que dicho comportamiento refleje su mundo interior.

[4-3] ¿Por qué se considera que solamente el hombre tiene el don del habla?

Estimado rabino:

Escuché que la Torá dice que solamente el hombre tiene la capacidad de hablar. ¿Es esto cierto? ¿Y si es así, dónde está escrito? Además, no está claro lo siguiente: los animales también son capaces de comunicarse por medio de una variedad de sonidos, que son sus palabras. ¿Por qué, entonces, se considera que solamente el hombre tiene el don del habla?

Saludos,

Marcos

Estimado Marcos:

La Torá (Bereshit 2:7) dice que después de ser creado,  Adam se convirtió en «nefesh jaya» (literalmente ‘alma viviente’). El gran comentarista Ónkelos en su famosa traducción-elucidación  de la Torá traduce estas palabras como «alma hablante»; es decir que según Ónkelos, la característica que diferenciaba a Adam de los demás seres vivientes era el don del habla. De aquí vemos que la capacidad de hablar caracteriza al hombre, y solamente a él.

Lo mismo vemos también en las palabras de los antiguos pensadores judíos quienes clasificaron a la Creación entera en cuatro niveles principales: objetos inanimados, plantas, animales y seres hablantes.  Con el término «seres hablantes» se refieren, sin duda, al hombre. También de aquí vemos que el don del habla fue dado específicamente al hombre.

Sin embargo, tal como usted señala correctamente, esta división —a primera vista— requiere de una explicación, porque como es sabido los científicos en sus investigaciones han descubierto que algunos animales se comunican entre sí por medio de ciertos sonidos y signos, que para ellos son «palabras». Por ejemplo, los delfines, según los científicos, cuentan con un «vocabulario» de decenas, y tal vez cientos, de palabras. Además de ello, nuestros Sabios mismos escribieron (véase, por ejemplo, el  tratado Gittin 45a) que los animales pueden comunicarse a través de palabras.

La respuesta a esta pregunta radica en la diferencia significativa que existe entre el habla de la persona y el «habla» de los animales. Es decir, incluso los animales que transmiten información por medio de una variedad de «palabras»,  la transmiten a través de sonidos independientes, cada uno de los cuales representa algún sentimiento (ansiedad o calma, odio o amor, ira o satisfacción) o algún mensaje (por ejemplo, peligro, etc.). El hombre es la única criatura que transmite información en oraciones completas cuyo significado está comprendido solamente por el conjunto de todas las palabras que las componen. Para combinar diversas palabras, se requiere de conciencia, y este el rasgo que distingue a los humanos.


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